DEL UNO AL INFINITO I


En entradas anteriores hemos hablado de la conciencia, de lo complicado que resulta dar una respuesta sobre su verdadera naturaleza y de la importancia que la mecánica cuántica le otorga en la materialización de la realidad. A nivel biológico hemos hablado sobre la materia viva y, cómo según la teoría del organicismo, ésta se constituye en distintos grados de organización jerárquica, de manera que, los niveles de organización superiores incluyen a los inferiores, poseyendo cada uno de ellos unas características de grupo que no tienen los individuos de forma aislada. Si sumamos ambos conceptos… ¿Se podría explicar la existencia de una conciencia colectiva o por el contrario la mente es exclusivamente un fenómeno individual? ¿Podría ser ambas cosas?

Durante siglos,  la mente ha sido un punto de debate y discusión entre una multitud de disciplinas, y es que se trata de un concepto para el que no se ha podido encontrar aún una explicación clara. Atendiendo a, si es posible o no, considerar que mente y cerebro son cosas independientes entre sí, podemos distinguir dos tipos de opiniones: los que creen que no (monistas) y los que creen que sí (dualistas). Pero, dentro de cada grupo existen posturas totalmente opuestas. 

Se puede ser monista porque:


  • Se cree que sólo existe la mente (idealismo), ya sea la nuestra o la de Dios.
  • Se cree que sólo existe el cerebro y cuando lo conozcamos del todo encontraremos en él todas las respuestas (materialista-reduccionista)
  • Se cree que el cerebro tiene una “propiedades” que dan lugar a que exista la mente (materialismo emergentista)

Se puede defender el dualismo porque:

  • Se cree que mente y cerebro son totalmente independientes (autonomismo)
  • Se cree que el cerebro fabrica la mente y luego ésta se independiza (epifenomenalismo)
  • Se cree que la mente controla al cerebro mediante sus propiedades de “alma” (animismo)
  • Se cree que mente y cerebro existe por separado pero interactúan en algún lugar (interaccionismo)



Todas estas creencias, son una muestra de que cualquier línea de razonamiento que siguiéramos podría ser válida, puesto que ninguna de ellas está refutada ni descartada. En esta entrada vamos a seguir a aquellos físicos que atribuyen a la conciencia una entidad real e independiente del cerebro, pero en siguientes entradas seguiremos a quienes defienden que el cerebro lo es todo.
En primer lugar vamos a recordar, a modo de resumen, algunos conceptos sobre física cuántica que ya fueron tratados en otras entradas de este blog, pero que son fundamentales para entender como la conciencia fue considerada  fundamental para  explicar la realidad.


Todo comenzó con un rayo de sol

Conocer la verdadera naturaleza de la luz se convirtió a finales del siglo XIX en una necesidad imperante.  La claridad con la que Newton había dejado establecido el comportamiento de la realidad, comenzó a tambalearse cuando los físicos se cuestionaron si la luz estaba realmente compuesta por partículas, tal y como el genial físico había predicho. Gracias al experimento de Young, se pudo comprobar empíricamente que se comportaba como una onda. En 1905, Einstein nos demostró que, en determinadas condiciones, las ondas también se comportaban como partículas, a raíz de su descubrimiento del efecto fotoeléctrico. Fue en este momento cuando se comenzó a intuir que la realidad podría ser más extraña de lo que se suponía. En 1924, De Broglie dio un paso más allá al deducir que si las ondas eran partículas, las partículas también podrían ser ondas. Esta idea englobaba a toda la materia que nos rodea, haciendo el universo un poco más inconsistente. La escuela de Copenhague argumentó que la materia podía ser onda o partícula dependiendo del experimento que se usara para comprobarlo – véase experimento de la doble rendija- pero nunca al mismo tiempo según el principio de complementariedad de Bohr, como tampoco se podía conocer a la vez, por ejemplo, la posición exacta de las partículas y la velocidad que llevan, según el principio de Incertidumbre de Heisenberg.

La conclusión era que la naturaleza sólo mostraba siempre una cara de la realidad, dejando una parte de ésta borrosa, aquella que no podía ser medida, y lo que no podía ser medido (observado), según la escuela de Copenhague, no existe. Y es que un elemento no observado se encuentra en un estado indefinido, lo que significa que puede estar en todas las posiciones posibles al mismo tiempo (superposición de estados). Es decir, que aquello que no es observado está formado tan sólo por ondas de probabilidad… de la probabilidad de encontrarlo en un conjunto de posiciones, pero sólo es eso, nada tangible.
Desde ese momento, la física cuántica comenzó a mostrarnos un mundo que no estaba tan claramente determinado como la física clásica nos había inculcado en lo más profundo de nuestro subconsciente, un mundo donde eran necesarios los observadores para que pudiera tener existencia real.

Y ¿Qué pasa cuando observamos? ¿Cómo influye nuestra observación en esa onda borrosa de probabilidad? Pues haciendo que la onda desaparezca (colapso de onda) porque la partícula adopta una sola posición definida y real eliminando las demás posibilidades.
Hasta aquí sabemos que el científico que mide el experimento es el “culpable” de que la superposición desaparezca… pero, en la cadena que parte desde el aparato que registra el fenómeno hasta la mente de dicho científico… ¿en qué lugar de ésta se produce el colapso? Von Neumann defendía una postura muy clara: los objetos no colapsan la onda de probabilidad porque obedecen a las leyes de la mecánica cuántica, y por lo tanto, se asocian a ésta creando una onda mucho mayor. Para que se produzca el colapso se necesita un elemento que quede fuera de la jurisdicción cuántica. Y este elemento para Von Neumann sólo podía ser… la conciencia


Pero…
¿Que sucedería si en un experimento cuántico estuvieran involucradas varias conciencias al mismo tiempo? Existe una paradoja denominada “el amigo de Wigner” donde éste científico observa cómo su amigo abre la caja donde se encuentra el “gato de Schrödinger”, la cuestión es ¿la observación del amigo al interior de la caja es suficiente para que el gato esté vivo o muerto o hay que esperar a que el propio Wigner sepa el resultado para que la onda se colapse? Si esto último fuese así, entonces, la caja, el gato y el amigo formarían un sistema cuántico mayor con una función de onda más compleja donde todo estaría indefinido (incluida la mente del amigo) hasta que Wigner la colapsara y el destino del felino fuera una realidad. Sin embargo, si al mismo tiempo, otra persona observara a Wigner y otra a ésta última, estaríamos ante un regreso infinito y he ahí la paradoja. 



Estaríamos ante un regreso infinito
Sin embargo, para el físico y premio Nóbel Eugen Wigner dicha paradoja no tiene razón de ser, puesto que la cadena se rompe cuando una única mente consciente interviene y esa única mente era la suya, puesto que él era el único observador y las demás personas sólo eran objeto de sus observaciones.

¿Pero como se podía llegar a esa conclusión tan extraña?
Existe una creencia filosófica denominada solipsismo que defiende que sólo podemos estar seguros de la existencia de nuestra propia mente (individual) y todo lo que nos rodea no es más que el producto de ésta. Es decir, tan sólo podemos creer en la existencia de mis sensaciones, mis percepciones, mis sentimientos… nada ajeno a mí es real porque yo soy lo único que existe.



Vamos a profundizar un poco en el solipsismo

El obispo irlandés George Berkeley, allá por el siglo XVIII, fue el primero en dudar de la existencia del mundo físico. Para el lo único cierto es que nosotros percibimos, pero no percibimos materia, no podemos presumir que aquello que sentimos tiene sustancia propia. Para Berkeley incluso el tiempo y el espacio podían encontrarse en nuestra conciencia.




Y es que la mente humana no establece contacto directo con el exterior, tan sólo percibimos ondas lumínicas que nos devuelven objetos, escuchamos ondas sónicas y sentimos mediante impulsos eléctricos y, al final, todo lo que en realidad obtenemos son sensaciones. Veamos algunos ejemplos: El famoso árbol que cae en el bosque cuando nadie se encuentra para escucharlo no hace ruido, porque al caer, sólo provoca alteraciones en la presión del aire que producen veloces ráfagas de viento, sin sonido alguno. Cuando estamos presentes en la escena, las ráfagas hacen que el tímpano vibre y éste estimula los nervios que envían  señales eléctricas al cerebro donde se  produce la sensación del sonido.


Lo mismo sucede con los colores,  éstos no tienen existencia por sí mismos, tan sólo se trata de ondas electromagnéticas de diferentes longitudes. Los objetos que nos rodean absorben o reflejan la luz dependiendo de su composición, su forma, etc. Nosotros vemos los colores de los objetos cuando éstos rechazan una determinada longitud de onda. Por ejemplo, cuando vemos un objeto de color azul, es porque a nuestros ojos llegan ondas de rebote del objeto con una longitud de onda corta, si fuera larga sería rojo. Es decir, hasta que nuestra retina no es estimulada por las ondas de luz, el objeto no posee color alguno. No existe ningún lugar en el espacio donde se encuentre el color azul ni ningún otro color, tan sólo son percepciones de nuestra mente.


Incluso cuando creemos que los objetos existen porque sentimos la presión de ellos en nuestras manos, también es falso,  todo se reduce a una sensación de nuestra mente. En realidad lo que sucede es que los átomos tienen electrones (carga negativa) en sus capas exteriores y las cargas de un mismo signo se repelen, por lo que los electrones de nuestras manos repelen a los de los objetos que tenemos en ellas y esa fuerza de repulsión nos detiene los dedos impidiendo que los penetremos dándonos la sensación de falsa solidez. 


Mas ejemplos, cuando percibimos el dolor… ¿Qué es en realidad? ¿Acaso podemos conocer el dolor sin tener una experiencia directa con él?
Todas estas creaciones internas de sensaciones son denominadas por científicos y filósofos como “qualia” (y se definen como las cualidades subjetivas de las experiencias individuales) entonces… ¿es real el mundo que me rodea o lo único real son mis sensaciones?
Pero, aceptar que no existe nada en el universo salvo mi conciencia es un tanto descorazonador, ¿no? por no hablar de las objeciones que suelen oponerse al solipsismo, ya que si consideramos que el solipsista es el único creador de su universo, con pleno uso del libre albedrío podríamos preguntar, por ejemplo, ¿por qué en la vida existe el dolor? ¿Por qué crearíamos dolor para nosotros mismos? 
Así pues, sigo en la duda … ¿Estoy realmente sola o hay alguien más ahí?


Referencias: