LA AVENTURA ORIGINAL

No recuerdo bien donde me encontraba antes de nacer. Hay quienes dicen que surgí de la Nada, otros que del vacío absoluto. Donde quiera que estuviera me sentía tranquilo y confiado, ajeno a lo que iba a suceder. En mi mente residía la historia de un mundo que no alcanzo a recordar, y es que tan pronto tuve conciencia de mí mismo… exploté. 




Pero no creáis que fui a parar muy lejos, pues en el primer instante de mi vida era tan diminuto, que sentiríais vértigo al imaginar mi verdadera dimensión. Ni el más sofisticado microscopio podría lograr encontrarme en medio de aquella nada donde flotaba, con un cuerpo tan ridículo, que parecía no tener derecho a la existencia. Sentía una enorme presión, pues toda la realidad se hallaba plegada en mi interior, lo que me convertía en un ser extremadamente denso y pesado.


A pesar de mi tamaño, albergaba una fuerza tan ardiente y poderosa que, si el infinito se volviera hielo, no conseguiría apagar el fuego que me arrasaba por dentro. En medio de toda esa fiebre, empecé a adquirir las dimensiones que poseen todos los cuerpos; un arriba y abajo, un delante y detrás. El tiempo surgió y, a partir de ese instante, las cosas empezaron a suceder unas tras otras.



De repente, y sin comprender por qué, me fui inflando con tanta rapidez, que parecía ser víctima de alguna poción mágica, pero no os engañéis, en aquellos primeros momentos de mi existencia, no conseguía aún ganar en tamaño a una simple naranja. Y así, conforme crecía, me enfriaba. 

Mi interior era como un mural oscuro que estuviera esperando su diseño definitivo, una infinidad de partículas luchaban y se aniquilaban por hacerse un lugar en ese extraño boceto que yo intuía como un mar de materia radiactiva. La fuerza todopoderosa que me poseía se fue desgajando en cuatro fundamentales, y cada una de ellas, se marcó un objetivo en la construcción de mi mundo.

La historia de mi vida no siempre fue convulsa. Durante trescientos mil años no me sucedió apenas nada digno de mencionar; crecía, mi temperatura disminuía, y el tiempo transcurría sin parecer avanzar dentro de mi aislamiento absoluto. Y eso es peligroso pues, la ansiedad se desata y el deseo por no sentirme sólo comienza a inundarlo todo. Entonces juré que controlaría cada suceso de mi vida, no dejando nada al azar, con el único propósito de conseguir las condiciones perfectas para que, en algún lugar de mi mundo, surgiera una mente capaz de penetrar mis secretos, desterrar mi soledad y heredar mi reino.


Y así, pasaba el tiempo hasta que un día… pude ver. Aún recuerdo ese instante de creación de luz; me había vuelto transparente. Que hermoso fue conocerme por primera vez, tener conciencia de mi realidad, esa imagen aún me estremece y su energía resuena de fondo en los confines de mi existencia.


Mil millones de años después de mi nacimiento, podría parecerte que era ya demasiado anciano, pero te equivocas, mi historia aún se encontraba en pañales. Fue por entonces cuando comencé a experimentar cambios revolucionarios que alteraron mi cuerpo de manera permanente. Partículas de gas y polvo, junto con una  materia oscura que nadie ha podido ver nunca, comenzaron a atraerse engendrando gigantescas nebulosas que, con el paso de más tiempo, se hicieron enormes y de diverso aspecto: elípticas, espirales, lenticulares… 





Lleno de galaxias, mi interior aún buscaba un diseño delicioso, muchas de ellas rotaban en torno a gigantescos agujeros negros que guardaban en su interior los secretos más ocultos de mi naturaleza.



Orbes de gas formaron estrellas que explotaban y surgían unas nuevas de diferentes tamaños y colores, en un ciclo vital que modificaba, como un pintor en mitad de una frenética inspiración, mi fisonomía. Dentro de estos astros se fundían elementos pesados inexistentes hasta entonces, cuando estallaban derramaban su creación por todo mi cuerpo, como una lluvia necesaria para aquellos que más tarde nacerían.





Por cada sol en formación, esferas de polvo acordaban una danza; coreografía orbital al ritmo de un corazón de fuego. Surgieron así, millones de planetas; rocosos y gaseosos, enormes e imperceptibles, oscuros algunos, helados otros, océanos de lava agitaban las entrañas de muchos de ellos.

Hace unos trece mil millones de años, comprendí que había alcanzado el momento preciso para el nacimiento de la galaxia más deseada. Al compás de una música en perfecta armonía cósmica, fui construyendo sus cuatro brazos alumbrándolos con cientos de millones de jóvenes estrellas. Lentamente comenzó a girar desplegando su orgulloso halo plagado de nebulosas primitivas, reliquias de mi pasado más remoto. No se trataba de un diseño original, existían ya muchas iguales, pero ella sería la única destinada a cobijar el secreto que daría sentido a mi existencia.


Y así, capturado por el ritmo hipnótico de su espiral movimiento,  me fui adormeciendo hasta que, una explosión me apartó de mi ensueño. En uno de sus brazos, no demasiado cerca de su centro, una supernova estalló y una nueva estrella surgió de entre sus restos. No era grande ni brillante, aunque sí especial y al igual que la galaxia donde había nacido, tenía un cometido que sólo ella podía realizar. A su alrededor, choques violentos entre rocas de distintos tamaños formaron nuevos planetas; cuatro pequeños pedregosos y otros cuatros grandes gaseosos, todos girando en el mismo sentido alrededor de su recién alumbrado sol. 



Sin embargo, sólo uno de ellos fue capaz de robarme el corazón. Lo vi nacer y transformarse. Al principio sólo era un amasijo de rocas incandescentes que se fue enfriando y endureciendo sometido a terribles erupciones volcánicas. Pero, gracias a ellas, apareció su atmósfera y el vapor generado provocó las interminables lluvias que engendraron sus océanos. Cuando éstas acabaron pude contemplar una deliciosa esfera azul girando alrededor de su estrella, con una hermosa luna orbitando en torno a ella. 



Entonces, me dejé conquistar por su salvaje pureza, prendí en su seno una chispa con el aliento de mi alma e hice surgir una forma inédita con elementos fundidos en antiguas estrellas. Yo, que había materializado gigantescas nebulosas y soles inmensos, me recreé en una porción diminuta de materia y la hice dueña de su propio movimiento. Al igual que todos los astros, estaría sometida a un ciclo de nacimiento y muerte, pero excesivamente breve. Presentí que esta creación no sería igual que las demás, porque ese ser inapreciable y patético era el reflejo de algo mucho más trascendente; en su interior habitaba la misma llama que hacía posible mi propia esencia. Así,  hice surgir la vida, y toda la inmensidad de mi universo comenzó a girar en torno a ese pequeño ente, que al instante se transformó en otros muchos. Poco tiempo después, un manto verde inundaba el planeta rivalizando con el azul de sus mares, la vida se extendía por el suelo y conquistaba el cielo desde la cúpula de sus árboles.



Seres, de distintos aspectos y tamaños, animados por los latidos de un corazón primitivo, luchaban por sobrevivir, no quedando un lugar en mares, montañas y valles que no dejara sentir su presencia. Y así, nacieron y se extinguieron muchas especies, gigantescas y pesadas, aladas y etéreas, acuáticas unas, terrestres otras, en un juego evolutivo y dramático que duró millones de años. La semilla del pensamiento comenzó a desarrollarse en algunas mentes, hasta que lentamente apareció una especie capaz de razonar.


Y un día, me sentí observado; era yo mismo quien me miraba a través de unos ojos recién nacidos a la conciencia, entonces me sentí pleno y satisfecho, el círculo se había cerrado y el objetivo, marcado hacia millones de años, había sido realizado. Porque, aunque era yo quien dirigía el devenir, aquellos insignificantes seres con capacidad de pensar, tenían en sus manos el sentido de mi propia existencia.






Desde entonces, muchas vueltas ha dado este azulado planeta y miles de luces nuevas se encienden cada noche como un reflejo de su cielo estrellado. En mi memoria reside toda su historia, su lucha permanente por avanzar y sobrevivirse. Los he visto residir en remotas cavernas y cruzar el espacio con el convencimiento de que su mundo les quedaba pequeño, como algún día sucederá con todo el universo cuyos límites no hago más que alejar y reinventar. No existe un lugar en toda mi creación donde la curiosidad del ser humano no se haya instalado, intentando encontrar las respuestas que residen en el fondo de mi mente, que a su vez, es su propia mente. Hasta que, algún día, volvamos a ser uno y mi tamaño sea tan insignificante que pareceré viajar hacia la nada, y entonces, volveré a estallar llevándome conmigo la historia de un mundo que, como veis, aún puedo recordar.




Marisa Conde